domingo, febrero 26, 2012

Observaciones en un salón de té

I- Salón de té.


Una vergüenza la ley antitabaco. Un cafecito tranquilo y acogedor, cómodamente amoblado, el ambiente perfecto, ni frío ni calor y con música swing de fondo... una verdadera tortura para fumadores como yo. Agregado a eso, una variedad de tés sencillamente exquisita. Para completar el cuadro de terror- ley de Murphy- salí sin un libro.
Las tazas eran una delicia, la que me tocó era de cerámica pintada con detalles en verde y ocre, con la tonalidad precisa para que se luciera la bamboleante superficie de té blanco Pa Mu Tan Mao Feng que estaba tomando.
Sí, la verdad es que el cigarrillo había arruinado la simpleza y hermosura de aquella romántica tacita y la fineza de su delicado té.



II- Basura cybernética


Ni aquí ni en ningún lado logras evadir la pandemia tecnológica que asola el mundo estos días. Y las chucherías para "personalizar" cuanto artefacto que aparece, haciéndote creer feacientemente que lo necesitas, que sin él no serás nada y una vez que lo tienes verás que no podrás concevir la vida sin él. Por lo tanto, personalizarlo es la mejor forma de convertirlo en una extensión de tu propio cuerpo y mente, convirtiéndote a la conectividad mundial, pero diferenciándote dentro del mismo rebaño. Estos aparatos se han convertido en nuestros verdaderos amigos, la única ventana al mundo. Si la abres, te provee de oxígeno vital. Si la cierras, simplemente te falta el aire. Personalízalo para que tenga los colores que tú quieres, que te muestre las imágenes que tú quieres, que escuches los sonidos que tú elijas y que te conecte con los contactos- no personas- que tú prefieras, mientras que al fin y al cabo te conviertes en un alfiler más de la gran red virtual y terminas haciendo lo que ellos quieren que hagas.
Este es el modo en que somos controlados. No nos damos cuenta de cuánto puede llegar a molestar tu ringtone personalizado hasta que te molesta el de al lado. Vivimos en una burbuja virtual.
Vamos, ¡acéptalo! Tu ringtone no es cool, la gente a tu alrededor no se sorprenderá ni se pondrá a cantar tu música, no se van a sentir agasajados por tu "originalidad". A nadie le parece gracioso que la voz de la ardilla Alvin te avise si te están llamando, si recibiste un mensaje o si se te olvidó pasar a buscar la ropa limpia a lo de tu mamá.
Son muchas las cosas para decir al respecto. No creo que puedas escaparle a la tecnología, pero sí que es enfermo la dependencia hacia ella. Una dependencia artificial y creada como casi todas las necesidades materiales humanas.
Sí, claro que uso internet. Pero no tengo internet en casa. Claro que tengo celular. Pero no saca fotos, no se conecta ninguna red social, no tiene crédito casi nunca. Claro que tengo Facebook. Pero tengo menos de 100 "amigos", la mayoría porque solo quiso quedar bien enviándome un soso mensaje de cumpleaños: "si tuviese tu teléfono te llamaba", como si pedir el teléfono de alguien el mismo día que pretende saludarlo fuera impensable. Y así, mi rebeldía contra el sistema, rebelión pasiva, pero productiva. Mientras que en lugar de haberme quedado en casa con la compu, esa tarde salí a tomarme un té. Y entonces fue cuando sonó un celular. Y me desquicié unos minutos.
Y ahora sí que necesito salir por un cigarrillo.

sábado, mayo 08, 2010

Ensalsada Mundial

Blanca fe, mentalmente apagada
Se comieron las ratas las hojas cercenadas
Corazón de lechuga, bien blanco, palpitaba,
olvidado en el rincón de la heladera agonizaba,
Se añejaba, se pudría, se marchitaba,
con vinagre en vez de sangre
entre sus nervaduras lloraba.
Vino el tomate a acompañarlo en su desventura,
tan viejo como ella en sus años de verdura,
se abrazaron en un voto de eterna ensalada,
ensalada mundial expirando abandonada.


Dedicado a toda la comida orgánica en mi heladera que no alcanza a ser ingerida.

sábado, abril 03, 2010

Sin tiempo

Sobre la cómoda, un marco pesado, antiguo, con una imagen que se me hizo familiar. Una imagen amarillenta que me transportó a una época que nunca viví y que, sin embargo, era mía. Ese ayer no era el nuestro y aún así, aquel hombre de brazos cruzados, con una expresión un tanto forzada por la luz del sol directa, apoyado en ese Ford ajado y con tanta historia detrás, eras tú y esa mujer de vestido entallado y peinado bien armado y recogido era yo. Los años se volvieron caóticos e imprecisos, era el recuerdo de un futuro que no viviríamos hasta dentro de unos veinte años atrás. Ya no éramos jóvenes entonces, la vida había curtido nuestros cuerpos y nuestras almas, los errores habían castigado nuestros corazones y el cansancio de una rutina de continuo trabajo, agotado nuestra pasión juvenil. Y todo aquello nos llevaría a unirnos férreamente o a morir en el intento.
Eso auguraba la imagen de ese marco añejo. Esa pareja tranquila y austera éramos nosotros encerrados en una foto. Nosotros, perdidos en el umbral del tiempo, en una generación a la que no pertenecimos, una época en la que aún existía el "para siempre". Un pasado que no quería presentarse en nuestro futuro.

viernes, marzo 26, 2010

Hola, carita sonriente

Quisiera agradecer los comentarios en mis últimas entradas y sobretodo, agradecer a la gente que me lee. Lamento enserio haber abandonado tanto tiempo el blog, pero fue un verano atareado, difícil y nada placentero. Poca producción y muchos cambios. A eso he de sumarle que no tengo internet en casa. Ahora que estoy más organizada con mis tiempos y mi vida empieza a tomar forma, he estado ocupándome en hacer lo que realmente vine a hacer: escribir. A continuación les presento una mariposa que vino anoche a mí y que hoy, mi día libre, tuve la oportunidad de plasmar en mi libreta. Un día grato merece ser reconocido, así que me tomé unos minutos para compartirlo con ustedes.
Nuevamente, gracias por seguir leyéndome a pesar de mis meses ausente, y sepan que eso es una gran motivación para no desaparecer otra vez, al menos hasta que el último oso polar muera colgado en prisión o se acabe el agua del planeta y la gente tenga que beber jabón.

Ignacia

Soñolienta ibas manejando esa vieja bicicleta roja por la avenida iluminada, mientras yo escribía algunos pensamientos en tu espalda cuando me quedé sin espacio en tus manos.
Como yo, venías escapando, huyendo de algún tétrico pasado o futuro, esquivando imágenes, voces, mundos ajenos.
Fui esa noche a visitarte a tu calle oscura. Tu habitación era la misma cueva, la habías traído intacta contigo desde allá.
En el mismo rincón aquel lienzo lleno de colores y marcas de tela, que pintaste intentando limpiar. Era un regalo que jamás llegó a su destino porque nunca lograste terminarla. Y sin embargo, así quedó.
Ahí, también, tu desdeñada cama, revoltijo de sábanas, mantas y ropa, las que no te molestabas en ordenar nunca y que solo corrías a un lado para dormir.
Las velas y el sahumerio; tu radio sepultada bajo columnas de libros añejados en el tiempo de otras manos; tus discos repartidos a sus pies; el sol infiltrándose sin miedo ni vergüenza por tu ventana, repartiendo delicadas sombras en el piso. Todo en un mágico equilibrio.
No temí fotografiar en mi cabeza aquella intimidad tuya ayer, para reconocerla sin mácula ni cambio cuando me invitaste a pasar. Afuera era de noche, pero la tarde se quedó atrapada en tu cuarto.
Volví a guardar una porción de tu vida en la memoria entonces, cuando la coincidencia hizo que tu austera expresión apareciera de golpe esa noche, conduciendo la vieja bicicleta roja por la avenida iluminada.

martes, marzo 23, 2010

La Musa

Cuando la musa se quiebra, a veces es bueno dejarla sangrar.
La musa llega a deshoras cuando menos la esperas. La mía es como un pájaro a veces, otras como una sombra. Si la espero no llega, si salgo a buscarla no la encuentro. Mi musa es un océano que muerde mis pies y un cielo que abraza las mariposas en mi cabeza. Tiene la fuerza para pesarme en la espalda como la Tierra en los hombros de Titán y tiene la sutileza de un arco iris para llenarme de ilusiones, sueños y alegrías después de la tormenta. Mi musa sabe sorprenderme.
Siempre que escapa, aparece con el Sol en una red para regresarme la luz que se llevó. Siempre que se aleja unos centímetros, solita tira de las cuerdas que la atan a mí. Mi musa no me abandona, pero a veces se esconde tras las nubes.
Nosotros los escritores, los artistas, los vates, sabemos lo crueles que pueden llegar a ser nuestras musas, y sin embargo las necesitamos como necesitamos el aire. Ellas con frecuencia lo saben. Sí, la gente por lo general no nos entiende y solo somos justificados póstumamente cuando el fruto de nuestro letargo por ellas es una obra digna de ser recordada. ¿Es así la realidad o es lo que nosotros queremos creer?
Amen a sus musas con toda la intensidad de sus almas y el resultado será penurias, soledad, angustias... ¿y un compendio artístico que podría o no marcar la historia? ¿Por eso las musas que por naturaleza elegimos son inclementes?
No, todo eso no es más que una consecuencia, porque nosotros vivimos nuestras emociones y adoramos nuestras musas más allá de lo que los demás se atreven. Experimentamos nuestras emociones de una forma más intensa, tal vez más libre, tal vez más enferma. Cada quien con su forma. Nuestras musas lo saben. Saben que no son ellas nuestra arcilla, sino todo lo contrario.

Retrospectiva de mis meses desaparecida

Vivir sola no es como lo pintan. Yo creía que me bromeaban los que me contaban sus experiencias personales al decirme que tardaron años en estabilizarse. No tanto por el lado económico, sino más bien en lo emocional. Estar sola es un sueño, pero si no se tiene los pies bien puestos en el propio centro, puede ser una pesadilla. Sobretodo porque no te das cuenta de lo solo que estás hasta que te apartas del mundo. Te desprendes del lastre social que te acompañó como un cometa de los fragmentos derretidos de su cola al surcar el espacio. Toda la gente que "estuvo a tu lado", esa que pensaste que siempre estaría ahí, de pronto ya no está. De pronto sabes de alguno que otro en seis meses y te das cuenta que es otra persona, que su vida siguió otro camino y ya no puedes reconocerlo. No es bueno estancarse en recuerdos; al igual que todos ellos, uno mismo debe evolucionar también y dejarlos atrás como ellos a uno.
Esto lo experimenté cada vez que viajaba. Y ¡Dios!, con todo lo que me moví sorprende a veces el hecho de que aún no puedo acostumbrarme. No me acostumbro a estar sola, me duele. Pero a diferencia de mucha gente, yo me venía preparando para este gran cambio de toda la vida. Sé a lo que me enfrento, sé lo que cuesta, sé lo que hiere. Pero también sé de sobra cómo se supera y que los frutos valen la pena.
Siempre fui una persona solitaria, no por elección, sino porque los distintos eventos en mi vida me empujaron a ello. No sé cómo establecer relaciones firmes, no sé cómo comunicarme ni cómo mantener a las personas a mi lado. Tengo la certeza de que esto no cambiará nunca. Me muevo porque no establezco raíces, me muevo porque no pertenezco a ningún lugar. Yo no elegí moverme, pero así crecí y así aprendí. Conozco personas al tiempo que desecho otras, vivo reencuentros (algunos gratos y otros todo lo contrario), vivo desilusiones, vivo despedidas (ninguna de ellas verdaderamente efusivas).
A veces no puedo evitar pensar que paso como un cometa por la vida de lagunas personas, deslumbro unos minutos mientras cruzo su campo visual, luego me pierdo y nadie les asegura que volverán a verme antes de morir. Sus vidas siguen mientras yo vuelo por otros cielos, algunos en los que nadie me estará esperando, otros donde nadie siquiera me verá pasar. Pero siempre hay esos en los que nadie me olvida.

ponga pausa para que la música no le joda